martes, 18 de noviembre de 2008

JESUITAS PREDIJERON LA RECESIÓN ECONÓMICA

En los últimos meses se ha hablado mucho de recesión económica y es un tema que al final nos termina afectando a todos, mi buen amigo Álvaro, desde Madrid, España, compartía conmigo un carta escrita hace más de diez años por la Compañía de Jesús y en la cual se hace una serie de declaraciones en las que se presentía parte de la crisis que hoy se vive.
En Economía, el término recesión generalmente se usa para describir una situación en la que el Producto Bruto Interno de un país (PBI) mantiene un crecimiento negativo en un lapso de por lo menos dos trimestres consecutivos.
La National Bureau of Economic Research (NBER) de Estados Unidos, tiene su propia definición: "Recesión es un declive significativo en la actividad económica que afecta a toda la Economía a lo largo de varios meses, siendo normalmente visible en el crecimiento real del PBI, el ingreso, el empleo, la producción industrial, y en el comercio minorista".
A continuación detallo el documento con el nombre “El neoliberalismo en América Latina”.

Carta de los Provinciales latinoamericanos de la Compañía de Jesús, Ciudad de México, 14 de noviembre de 1996.

Nos resistimos a aceptar tranquilamente que las medidas económicas aplicadas en los últimos años en todos los países latinoamericanos y El Caribe, sean la única manera posible de orientar la economía y que el empobrecimiento de millones de latinoamericanos sea un costo irremediable de un futuro crecimiento.

Las dinámicas económicas que producen estos efectos perversos tienden a transformarse en ideologías y a absolutizar ciertos conceptos: el mercado, por ejemplo, de un instrumento útil y hasta necesario para elevar y mejorar la oferta y reducir los precios, pasa a ser el medio, el método y el fin que gobierna las relaciones de los seres humanos.

Para lograrlo, generalizan en el Continente las medidas conocidas como neoliberales.

* Restringen la intervención del Estado hasta despojarlo de responsabilidades por los bienes mínimos que se merece todo ciudadano por ser persona.

* Eliminan los programas generales de creación de oportunidades para todos y los sustituyen por apoyos ocasionales a grupos focalizados.

* Privatizan empresas con el criterio de que en todos los casos el Estado es mal administrador.

* Abren sin restricciones las fronteras a mercancías, capitales y flujos financieros y dejan sin suficiente protección a los productores más pequeños y débiles.

* Subordinan la complejidad de la hacienda pública al ajuste de las variables macroeconómicas: presupuesto fiscal equilibrado, reducción de la inflación y balanza de pagos estable; como si de allí se siguiera todo bien común y no se generaran nuevos problemas para la población que tienen que ser atendidos simultáneamente.

* Insisten en que estos ajustes producirán un crecimiento que, cuando sea voluminoso, elevará los niveles de ingreso y resolverá por rebase la situación de los desfavorecidos.

* Ponen la actividad política al servicio de esta política económica, con lo que caen en la paradoja de quitar todas las trabas al libre ejercicio del mercado, y al mismo tiempo controles políticos y sociales, por ejemplo, a la libre contratación de mano de obra, para garantizar la hegemonía del mercado libre.

En consecuencia, al lado de un crecimiento económico moderado, aumenta en casi todos nuestros países el malestar social que se expresa en protestas ciudadanas y huelgas. Vuelve a tomar fuerza en algunos lugares la lucha armada, que nada soluciona. Aumenta el rechazo a la orientación económica general que, lejos de mejorar el bien común, profundiza las causas tradicionales del descontento popular: la desigualdad, la miseria y la corrupción.

viernes, 14 de noviembre de 2008

LA OFENSIVA DE 1989 Y LA MASACRE DE LOS JESUITAS

Poco después de las ocho de la noche del 11 de noviembre de 1989, la fuerzas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional(FMLN), desencadenaron la que resultó ser la ofensiva urbana más fuerte de toda la guerra civil salvadoreña, que venía durando ya diez largos años.
Los combatientes del FMLN atacaron simultáneamente diversos puntos de la capital. A los pocos minutos se escuchaban ya fuertes combates en muchos lugares, mientras el cielo se iluminaba con las luces de bengala disparadas por los militares.
Algunos de los primeros combates resultaron ser maniobras de diversión. Aquella primera noche la lucha más dura se desarrolló en los alrededores de Universidad Nacional y del cuartel de la Primera Brigada de Infantería, contiguo a ésta. Las tropas del ejército chocaron brevemente con el FMLN a lo largo de la Autopista Sur, junto al estadio Cuscatlán y a la entrada de unas urbanizaciones militares, justo frente a la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (UCA).
El FMLN atacó también la residencia del presidente Alfredo Cristiani, y las del presidente y vicepresidente de la Asamblea Legislativa, lo que hizo que los funcionarios norteamericanos informaran equivocadamente de que el objetivo de la ofensiva era asesinar a funcionarios gubernamentales salvadoreños y tomar el poder.
Muy pronto se vio que la ofensiva del FMLN era radicalmente diferente a cualquier otro combate entablado en San Salvador. Se calcula que, durante las semanas anteriores, se habían introducido en San Salvador entre mil quinientos y tres mil combatientes. Estas tropas dieron la impresión de estar muy bien preparadas y contar con buen abastecimiento de municiones y comida.
Las barriadas obreras que rodean la capital se convirtieron pronto en bastiones rebeldes, ocupados y controlados por el FMLN. Los observadores que visitaron esas barriadas en los días posteriores al 11 de noviembre, se encontraron con combatientes relajados, que charlaban con los residentes, aparentemente dispuestos a quedarse allí mucho tiempo. En los barrios pobres, como Santa Marta, Soyapango, Zacamil y Mejicanos fue donde los guerrilleros establecieron posiciones y donde, por tanto, los habitantes sufrieron más.
Los lugares y circunstancias en que se encontraban los jefes militares y los líderes civiles cuando se desató la ofensiva el 11 de noviembre, hacen sospechar que no pensaban que iba a ser tanta la magnitud del ataque de la guerrilla. El portavoz militar, mayor Mauricio Chávez Cáceres y su hermano, el comandante de la Quinta Brigada, coronel José Emilio Chávez Cáceres, acababan de irse de vacaciones ese mismo día a Guatemala. Varios oficiales de alta graduación estaban también en Guatemala en una reunión de militares de toda América Latina, entre ellos el máximo jefe de la inteligencia militar del país, el coronel Iván Reynaldo Díaz. El coronel Carlos Armando Avilés, jefe de Operaciones Psicológicas del Estado Mayor Conjunto, estaba de vacaciones en Nueva Orleans con su esposa y sus hijos. El presidente Cristiani se encontraba en su residencia de vacaciones en el lago Coatepeque. Y el vicepresidente Merino abandonó San Salvador en helicóptero la misma tarde del 11 de noviembre, deteniéndose en el cuartel del batallón Atlacatl hacia las tres de la tarde, antes de continuar hacia San Miguel, para una reunión de ARENA.
Entre los oficiales que estaban fuera del país se encontraba el general Juan Rafael Bustillo, jefe de la Fuerza Aérea durante un insólitamente largo período de diez años. La Fuerza Aérea, que también controlaba la zona que rodea su base en Ilopango, era famosa por sus actuaciones violentas y contrarias a los derechos humanos. En 1990, un artículo en The New Republic informaba que la CIA "proporcionaba dinero y adiestramiento a las unidades de élite de la Fuerza Aérea..."
El general Bustillo estaba en Estados Unidos cuando comenzaron los combates en San Salvador. Regresó a primeras horas de la mañana del 13 de noviembre en un avión privado, copilotado por Félix Rodríguez, un antiguo agente de la CIA que había organizado las operaciones de suministros a la "contra> nicaragüense desde El Salvador. Rodríguez manifestó a un periódico de Miami en noviembre de 1939, que se las había arreglado para conseguir que un empresario de Miami les prestara su avión particular, después de que le fuera imposible conseguir que el general regresara a El Salvador en un avión militar norteamericano. Según esta versión, de la que el Lawyers Committee ha tenido confirmación por otra fuente, los controladores aéreos de la base de Ilopango, al principio negaron al avión el permiso para aterrizar, por temor a que fuera un aparato de la guerrilla.
En cualquier caso, por falta de información o por otras razones, la Fuerza Armada salvadoreña reaccionó muy débilmente y desconcertada por la sorpresa.
Según el coronel René Emilio Ponce, jefe del Estado Mayor Conjunto, la Fuerza Armada tenía conocimiento de la ofensiva desde el 9 de noviembre. El sábado 11 de noviembre por la mañana, los funcionarios de la embajada de los Estados Unidos sabían que algo iba a pasar esa noche.
Aunque la inteligencia militar salvadoreña llegó a tener la información, la Fuerza Armada carecía claramente de la preparación necesaria para repeler el fuerte ataque del FMLN y de la capacidad de la guerrilla para mantenerse durante varios días en amplios sectores de la capital.
Las fuentes militares salvadoreñas, así como los civiles informados de estos temas, describen al ejército durante los primeros días de la ofensiva del FMLN como una institución en total desorden. Se cuenta que el coronel Ponce y otros altos oficiales dijeron que habían considerado seriamente que podían perder el poder o que San Salvador podía llegar a convertirse en una capital dividida, al estilo de Beirut.
AMENAZAS DE MUERTE POR LA RADIO
Durante las primeras horas de la ofensiva, las emisoras salvadoreñas cubrieron de forma excelente las incidencias de los combates por toda la ciudad. Los periodistas y los particulares telefoneaban y daban informes "en vivo y en directo" desde las barriadas en las que se estaba combatiendo. Los radioyentes podían constatar el alcance y la gravedad de la ofensiva.
Pero, aproximadamente hacia las once de la noche, todas las emisoras recibieron la orden de conectarse a una "cadena nacional" que no era otra que Radio Cuscatlán, la emisora de la Fuerza Armada salvadoreña. Dos emisoras, que al principio se negaron a conectar, fueron obligadas a hacerlo poco más tarde.
Ya bajo el control de la Fuerza Armada, la programación cambió radicalmente y se cortó la información directa sobre los combates. Los repetidos mensajes del Centro de Información Nacional, organismo gubernamental, afirmaban que la lucha estaba muy localizada y que pronto toda la situación estaría bajo control.
También cambiaron los contenidos de las llamadas de los ciudadanos particulares. Dejaron de pedir información sobre parientes o de transmitir mensajes a sus familias diciendo que se encontraban bien. En cambio, las llamadas empezaron a llenarse de denuncias y ataques contra personalidades de la oposición política, de los sindicatos, de la Iglesia y de las organizaciones no gubernamentales, a menudo acusadas de ser fachadas del FMLN. Los contenidos de estas llamadas eran virulentos, llenos de odio y, muy frecuentemente, pidiendo actuaciones violentas contra quienes nombraban.
Alguien pidió que colgaran a Guillermo Ungo, líder del Movimiento Nacional Revolucionario. Otros amenazaron a Rubén Zamora, del Movimiento Popular Social Cristiano y a varios líderes de la oposición y les aconsejaron que "salieran del país" o que "se fueran a Cuba".
Continuando con la ya larga historia de acoso y persecución a la Compañía de Jesús, los ataques también se dirigieron contra los jesuitas. Ignacio Ellacuría era uno de los más nombrados por quienes llamaban. "Ellacuría es un guerrillero. ¡Que le corten la cabeza!" decía uno. "Deberían sacar a Ellacuría para matarlo a escupidas", decía otro. El vicepresidente Merino, de ARENA, acusó a Ellacuría de haber envenenado las mentes de la juventud salvadoreña con sus enseñanzas en la UCA y en el colegio Externado San José.
Al informar de estos ataques, La Prensa Gráfica, matutino de San Salvador, hacía el siguiente resumen:
"A través de una cadena radial, durante toda la noche, se escucharon centenares de condenas contra los señores Humberto Centeno, Rubén Zamora, Guillermo Manuel Ungo y otros dirigentes de la Convergencia y FDR, a quienes se atribuye la responsabilidad de lo que hace el FMLN.
Hombres y mujeres hablaron por la radio y pidieron al gobierno que se enjuicie a Centeno, Zamora, Ungo y otros elementos, desde cuyo ingreso a El Salvador, los subversivos han tomado mayor orientación para perpetrar actos de violencia y toda clase de vandalismo.
También se oyeron a través de la cadena radial a nivel nacional, condenas y severas críticas contra el arzobispo monseñor Arturo Rivera Damas y contra el obispo auxiliar, monseñor Gregorio Rosa Chávez, porque dominicalmente, en vez de prédicas evangélicas, hacen discursos comunistas, en favor del FMLN, la Convergencia y FENASTRAS.
Categóricamente dijeron las referidas condenas y críticas, que es de suma importancia que saquen del país a los jesuitas, porque en la UCA esconden armas desde hace alrededor de diez años. Señalaron como principal responsable al sacerdote jesuita español Ignacio Ellacuría".
El mayor Mauricio Chávez Cáceres que, como director del Comité de Prensa de la Fuerza Armada, jugó un papel importante en el suministro y control de la información durante la ofensiva, al ser preguntado sobre las amenazas retransmitidas a través de la cadena nacional de radio, negó cualquier responsabilidad, ya que él había salido de vacaciones a Guatemala el día en que empezaron los combates. Dijo que el gobierno controlaba la cadena a través del Centro de Información Nacional y que la responsabilidad correspondía a Mauricio Sandoval, director de la oficina de prensa del gobierno, el Secretariado de Información Nacional. "Cuando llegué a la emisora me di cuenta de que tenían un micrófono abierto por el que podía hablar cualquiera. Me contaron las amenazas, que la gente decía que los jesuitas eran los responsables", dijo el mayor Chávez Cáceres. "Di la orden de que se cortara el micrófono abierto. Desde el 14 de noviembre sólo se daba información militar."
Al explicar cómo sucedió que llegaran a emitirse las amenazas, el mayor dijo que "nadie tenía experiencia con estas cosas. (Una ofensiva guerrillera de este calibre) nunca había sucedido durante los últimos diez años. Quizá fue un error el micrófono abierto".
Bernard W. Aronson, director general para asuntos interamericanos del departamento de Estado de Estados Unidos, al declarar ante el comité de relaciones exteriores del Senado el 17 de noviembre de 1989, dijo que, cuando supo de las amenazas, el martes 14 de noviembre, cablegrafió personalmente al embajador William Walker pidiéndole que "trasladara al presidente Cristiani el deseo de la administración (de los Estados Unidos) de que su gobierno, dentro de los límites de la libertad de prensa, no permitiera tales amenazas en los medios controlados por el gobierno". Pero Aronson rechazó las sugerencias de que el gobierno salvadoreño fuera responsable, diciendo: "Pienso que es un error sugerir que eran personas que trabajaban para el gobierno quienes lanzaron amenazas de muerte a través de las ondas".
VIERNES 10 DE NOVIEMBRE
El 10 de noviembre, un día antes de que el FMLN lanzara su ofensiva, trece miembros de una unidad de Fuerzas Especiales de los Estados Unidos, de Fort Bragg, Carolina del Norte, comenzaron un curso de entrenamiento en el cuartel del Atlacatl en Sitio del Niño (La Libertad). Entre sus alumnos estaban los hombres de la unidad de comandos, siete de los cuales fueron posteriormente procesados por los asesinatos de los jesuitas y de las dos mujeres.
Según la información que el Pentágono proporcionó a la Comisión Moakley, los miembros del séptimo grupo de Fuerzas Especiales Aerotransportadas estaban siendo examinados en esos momentos en "la evaluación anual que hace el destacamento de Fuerzas Especiales sobre su eficacia para llevar a cabo misiones de entrenamiento de defensa interna en el extranjero". El curso de entrenamiento estaba dirigido a unos ciento cincuenta hombres del Atlacatl y programado para desarrollarse entre el 10 y el 20 de noviembre.
SÁBADO 11 DE NOVIEMBRE
JARDINES DE GUADALUPE

Uno de los primeros lugares donde empezaron los combates la noche del 11 de noviembre, fue en la Torre Democracia. Se trata de un rascacielos de oficinas, vacío desde que se construyó, pues nunca fue ocupado, está situado en la confluencia de la avenida Albert Einstein con la Autopista Sur, justo frente a una esquina del campus de la UCA. Este rascacielos había sufrido varios atentados del FMLN y se encontraba tomado por Fuerzas de Seguridad. Los pisos superiores se utilizaban como excelente observatorio para vigilancia.
Muy cerca de allí, también estuvo bajo fuego guerrillero durante treinta minutos, según fuentes militares, la patrulla que estaba a la entrada de la colonia Arce, de viviendas militares, en la Autopista Sur. Los jesuitas residentes en la zona cuentan que también hubo combates muy al principio en el supermercado Santa Clara, situado en la esquina entre las calles Río Lempa y mediterráneo.
Poco después de comenzar la ofensiva, un grupo de combatientes del FMLN atravesó el campus de la UCA entrando por el portón de la avenida Albert Einstein, junto a la residencia de los jesuitas. Volaron el portón con un explosivo de baja potencia. Antes de diez minutos ya habían llegado los soldados al lugar y "controlaron la situación", según una cronología preparada por los jesuitas.
DOMINGO 12 DE NOVIEMBRE
ENCUENTRAN ARMAS EN CENTRO LOYOLA
El domingo 12 de noviembre, entre las nueve y las diez de la mañana, una patrulla militar de unos ocho a diez hombres pidió permiso para examinar el lugar. Les acompañó Segundo Montes, uno de los jesuitas que serían asesinados tres días después. El P. Montes contó a los otros jesuitas que los soldados eran del batallón Belloso. Se limitaron a llevarse una bomba que no había hecho explosión, aparentemente abandonada por el FMLN y que los jesuitas habían encontrado cerca del portón.
El P. Ignacio Martín-Baró, otra de las víctimas, dejó en su ordenador una página en la que describía alguno de estos sucesos. "Desde ese momento", escribió, "un grupo de militares se ubicó a la entrada de las instalaciones universitarias, registrando a todo el que entrara o saliera y, desde el lunes, impidiendo la entrada o salida de toda persona". A las seis y cuarto de la tarde del lunes, Martín-Baró habló por teléfono con un jesuita de los Estados Unidos y le contó que "nadie podía entrar o salir de la universidad".
Dada su proximidad a las principales instalaciones militares, Jardines de Guadalupe, una agradable urbanización de clase media en la que está situada la UCA, se encontraba totalmente ocupada por soldados. Los vecinos de la UCA declararon que los soldados estuvieron durante toda esa semana en la calle Cantábrico, que forma uno de los límites del campus de la UCA, y en la calle Mediterráneo, paralela a la anterior.
Una vecina manifestó al Lawyers Committee que en la calle Mediterráneo y otros lugares de Jardines de Guadalupe vio a hombres del batallón Belloso, unidad de elite entrenada por los Estados Unidos, desde el lunes hasta el final de la semana. Algunos jesuitas y otros vecinos vieron por la zona, el miércoles, tropas del batallón Atlacatl.
Hacia las once y media de la mañana del domingo 12 de noviembre, diez agentes de la Policía de Hacienda entraron en los terrenos del Centro Loyola, una casa de ejercicios de los jesuitas, situada en lo alto de una colina, junto a un cafetal como a kilómetro y medio al sur de la UCA.
Esta inspección del Centro Loyola se debió a una llamada telefónica anónima que indicó que "unos delincuentes terroristas del FMLN habían abandonado armas en dicho lugar", según el informe entregado por el coronel Héctor Heriberto Hernández, director de la Policía de Hacienda, a solicitud de la Comisión de Investigación de Hechos Delictivos.
El P. Fermín Sainz, director del Centro, manifestó que los soldados llevaban a un joven maniatado que les condujo hasta las armas. Los soldados encontraron lo que podía ser el equipo de cuatro guerrilleros, apenas oculto bajo las cenizas de un montón de hojas quemadas.
Sainz subió al Centro Loyola, llamado por el personal que estaba allí y cuenta que el subteniente que iba al mando le dijo; "No se preocupe, padre, estamos encontrando cosas como ésta por toda la ciudad." Los combatientes del FMLN, cuando huían, preferían abandonar su equipo antes que arriesgarse a ser capturados con él.
El subteniente sugirió que tal vez los guerrilleros habían pensado recuperar sus armas al día siguiente. El presidente Cristiani dijo a un grupo de jesuitas norteamericanos que le visitaron en febrero de 1990, acompañados por el Lawyers Committee, que "nadie pensó que (las armas) tuvieran nada que ver con los jesuitas. Vimos cosas de éstas en muchos lugares. Los soldados encontraron algunas armas, pero no le pararon mente, porque los guerrilleros normalmente hacían eso."
Aunque los soldados ni siquiera insinuaron que los jesuitas fueran cómplices de la ocultación de esas armas, algunos funcionarios norteamericanos y salvadoreños se refirieron más tarde a este incidente, aportándolo como justificación del registro de la residencia de los jesuitas el 13 de noviembre. O incluso, en algunos casos, utilizándolo para dar a entender que los jesuitas estaban mezclados en el levantamiento armado.
LUNES 13 DE NOVIEMBRE
LOS COMANDOS DEL ATLACATL EN SAN SALVADOR

Durante la tarde del 13 de noviembre, el Estado Mayor decidió crear un "comando de seguridad", una zona especialmente protegida, que incluyó en su perímetro a la UCA, por que la universidad se encuentra a poca distancia de la sede del Estado Mayor Conjunto que alberga también el ministerio de Defensa, de la Escuela Militar, de la Dirección Nacional de Inteligencia, del batallón San Benito de la Policía Nacional y de dos urbanizaciones militares, la colonia Arce y la colonia Palermo. Es decir, sólo la Autopista Sur separa a la UCA del Complejo Militar más importante del país.
La Escuela Militar fue el lugar escogido para puesto de mando de esta zona de seguridad y su director, el coronel Guillermo Alfredo Benavides, nombrado comandante. El coronel Ponce manifestó a la comisión del Congreso de los Estados Unidos encabezada por Joe Moakley, que "el Complejo Militar era un objetivo permanente" para el FMLN, que ya "había lanzado cuatro ataques contra estas instalaciones".
En su tercera declaración por escrito al juzgado Cuarto de lo Penal, el 23 de octubre de 1990, el coronel Ponce dijo que los comandantes del área metropolitana se reunieron a las dos de la tarde del lunes 13 de noviembre y decidieron llamar a la capital a parte del batallón Atlacatl para incorporarlo a este comando de seguridad. El comandante del Atlacatl, teniente coronel Óscar Alberto León Linares, que estaba presente en la reunión, se encargó de transmitir la orden a sus hombres.
En su declaración ante el juez el 26 de septiembre de 1990, el teniente coronel León Linares dijo que el coronel Ponce le había ordenado enviar a la capital a noventa de sus hombres, más la sección de comandos, que fue puesta bajo las órdenes del Estado Mayor.
A pesar de las opiniones optimistas en sentido contrario, el lunes estaba claro que no iba a ser fácil rechazar a los guerrilleros. Para la Fuerza Armada, proteger sus centros clave de mando era de vital importancia. Y la UCA estaba en esa zona.
Como jefe de la Plana Mayor del comando de seguridad fue nombrado el subdirector interino de la Escuela Militar, mayor Carlos Camilo Hernández que, según descubrió la Comisión de la Verdad de la ONU, jugó un papel decisivo en la organización del crimen, pero sólo fue procesado por destruir pruebas.
Según la declaración de Camilo Hernández al juez Zamora, la Escuela Militar se organizó como si fuera un batallón a raíz de la ofensiva guerrillera. La estructura normal de mando se duplicó y se nombraron oficiales al mando de las distintas secciones (personal, inteligencia, operaciones y logística).
Entre las tropas destinadas temporalmente a la Escuela Militar se encontraba la unidad de comandos, de cuarenta y siete hombres, del batallón Atlacatl, uno de los batallones de elite, creado en 1981 y entrenado por los Estados Unidos.
Durante la tarde del 11 de noviembre, horas antes de que empezara la ofensiva, el vicepresidente salvadoreño, Francisco Merino, llegó al cuartel del batallón Atlacatl a bordo de un helicóptero. Los registros del batallón Atlacatl, entregados en el juzgado, muestran que la visita de Merino se prolongó durante dos horas.
Todos los hombres del Atlacatl procesados por los asesinatos se encontraban participando en el curso, incluido Jorge Alberto Sierra Ascencio, uno de los soldados implicados, que desertó a finales de diciembre de 1989 y fue juzgado in absentia.
El curso, que era también un ejercicio docente para los instructores, se vio bruscamente interrumpido la tarde del 13 de noviembre, cuando la unidad de comandos fue destinada a puestos de combate en San Salvador.
El comandante del Atlacatl, teniente coronel León Linares, declaró que el jefe del Estado Mayor Conjunto, coronel Ponce, le ordenó enviar a la Escuela Militar a su unidad de comandos como "refuerzo" del recién creado comando de seguridad.
Según el testimonio de estos soldados, los reunieron hacia las cuatro de la tarde y les dijeron que salían para la capital. El oficial que mandaba la unidad era el teniente José Ricardo Espinoza Guerra, uno de los que, pocos días más tarde, dirigieron los asesinatos.
Este curso de noviembre de 1989 no era el primer entrenamiento dado por norteamericanos a los que luego fueron procesados por los crímenes de la UCA. Más aún, los cinco oficiales y suboficiales que participaron directamente en los asesinatos, habían recibido formación militar en centros de Estados Unidos, según datos del Pentágono.
Después de la partida de la unidad de comandos para San Salvador, los miembros de las Fuerzas Especiales norteamericanas se quedaron en el cuartel del batallón Atlacatl, en Sitio del Niño (La Libertad) y continuaron la instrucción con los soldados del batallón que "se quedaron para dar seguridad en la base" Según el Informe Moakley, estos boinas verdes pasaron después un día atrincherados en el Hotel Sheraton de San Salvador, cuando el FMLN lo ocupó el 21 de noviembre de 1989.
Al llegar a la capital, los comandos del Atlacatl se dirigieron a la Escuela Militar a esperar órdenes. Sin embargo, en vez de presentarse allí al coronel Benavides, los oficiales que mandaban la unidad se presentaron directamente al Estado Mayor.
Allí se les dio la orden de efectuar un registro en la residencia de los jesuitas. El hecho de que los tenientes se presentaran directamente al Estado Mayor y la unidad efectuara el registro de la casa de los jesuitas nada más llegar a la capital, hace pensar que estos comandos fueron traídos a San Salvador precisamente para eso.
En su declaración escrita presentada al juzgado el 5 de septiembre de 1990 el coronel Ponce dijo que "deducía que los oficiales del Batallón de Reacción Inmediata Atlacatl se presentaron al Estado Mayor para informar de su llegada el 13 de noviembre de 1989, porque el Estado Mayor era quien había ordenado su traslado a la Escuela Militar y su destino al Comando de Seguridad". El coronel Joaquín Arnoldo Cerna Flores, jefe del Conjunto III (Operaciones) del Estado Mayor en noviembre de 1989, declaró ante el juez el 21 de septiembre de 1990 que el coronel Ponce y él decidieron enviar a los comandos del Atlacatl a realizar el registro porque "les pareció la unidad más apropiada", a causa de su veteranía y experiencia en combate y porque en ese momento no tenían asignada ninguna otra misión.
EL PADRE ELLACURÍA REGRESA DE ESPAÑA
Hacia las seis menos cuarto de la tarde del 13 de noviembre, el rector de la UCA, Ignacio Ellacuría, llegó al campus de la Universidad. Iba acompañado por Amando López y Francisco Estrada, que habían ido a buscarle al aeropuerto de Comalapa.
Cuando comenzó la ofensiva, Ellacuría estaba en España para recibir un premio concedido a la UCA y asistir a la reunión del Consejo Superior Universitario de la Universidad Iberoamericana de Postgrado. En aquella reunión fue elegido presidente del Consejo Superior Universitario. Durante su estancia en Europa también había pronunciado un discurso ante el Parlamento alemán.
El 6 de noviembre, mientras Ellacuría se encontraba en Salamanca, el ministro de la Presidencia de El Salvador le había hecho llegar, a través de la UCA, un fax con la solicitud del presidente Cristiani de que formara parte de una comisión que sé iba a constituir para investigar el atentado contra la sede de la federación de sindicatos FENASTRAS, perpetrado pocos días antes, y que había causado la muerte a nueve personas y una tremenda ola de indignación en el país. Ellacuría había respondido, el 9 de noviembre, con otro fax en el que decía:
"Estoy abrumado por el hecho terrorista, estoy dispuesto a trabajar por la promoción de los derechos humanos, estoy convencido de que el Presidente Cristiani rechaza ese tipo de hechos y de que con buena voluntad propone para este caso este mecanismo, quisiera apoyar todo esfuerzo razonable para que prosiga el diálogo/ negociación de la manera más efectiva posible. Precisamente por eso desearía, en primer lugar, agradecer al Sr. Presidente el haberme invitado y, en segundo lugar, pedirle que me dé un espacio razonable de tiempo para tomar mi decisión de un modo responsable en beneficio de la pacificación y democratización del país.
En cuanto regrese al país me pondré en contacto con la situación coyuntural y con los distintos sectores para poder apreciar cuál pueda ser la forma mejor de mi contribución".
El mensaje manuscrito Ellacuría que incluía la fecha de su regreso a El Salvador fue pasado a máquina en la UCA y enviado al despacho del propio presidente Cristiani.
En una entrevista concedida al periódico Avui, publicada en Barcelona el día antes de que fuera asesinado, Ellacuría, al ser preguntado sobre si tenía miedo a causa de las amenazas de muerte que había recibido, contestó: "Nunca. No tengo miedo. No es un sentimiento que normalmente me invada. ¡Sería tan irracional que me matasen! No he hecho nada malo."
Durante las tres semanas en que el rector había estado fuera, el país había sufrido grandes cambios y así se lo comentó a sus compañeros: "estamos volviendo a 1980", el año quizá más violento de la historia moderna de El Salvador.
Los tres sacerdotes efectuaron el viaje desde el aeropuerto (a unos 45 km. de la ciudad) hasta el campus sin ningún incidente, llegando poco antes del toque de queda, impuesto desde el lunes, y que empezaba a las seis de la tarde. Estrada recuerda que López le comentó al Ellacuría las amenazas de muerte transmitidas a través de la cadena nacional de radio. "Ellacuría estaba tenso y callado durante el viaje de regreso a la ciudad", comentó Estrada. "Apenas si hablaba."
Al llegar al portón principal de la UCA, sobre la Autopista Sur, unos soldados apostados allí desde el domingo, los detuvieron. No se permitía la entrada al campus. Cuando se aclaró que el conductor del vehículo era el rector de la universidad, les permitieron pasar. El provincial de Centroamérica, José María Tojeira, manifestó a los agentes de la Comisión de Investigación de Hechos Delictivos, el 28 de noviembre de 1989, que el hombre que estaba al mando de la patrulla dijo: "Déjenlo entrar, que es el padre".
Aunque el oficial no mencionó a Ellacuría por su nombre, los sacerdotes no tuvieron ninguna duda de que le había reconocido, ya que Ellacuría aparecía con frecuencia en la televisión salvadoreña y en fotografías en los periódicos. Un vigilante de la UCA declaró que salió a abrir el portón cuando oyó la bocina del Toyota blanco del rector.
Estrada recuerda que el militar que estaba al mando se acercó al vehículo para ver quién iba dentro y dijo algo así como: "¡Ah! ya ha llegado usted, padre", dando la impresión de que había reconocido a Ellacuría. Cuando éste respondió simplemente "sí", el hombre dio la orden de dejarles pasar.
Nunca se pudo establecer qué unidad era la que estaba de guardia ante el portón de la UCA aquella tarde. Esos soldados podrían haber revelado si se les había dicho que vigilaran el regreso de Ellacuría y a quién tenían que informar de este hecho. Las respuestas a estas preguntas hubieran arrojado luz sobre quién inició y cuándo los planes para el asesinato. Sin embargo, en mayo de 1991, en respuesta a una pregunta específica de los acusadores particulares, el ministro de Defensa, general Ponce, replicó que no podía identificar la unidad que estaba de guardia a la entrada de la UCA aquella tarde.
EL REGISTRO DEL CENTRO MONSEÑOR ROMERO
Esa misma tarde, a las seis y media, treinta minutos después del comienzo del toque de queda, unos ciento treinta y cinco soldados rodearon el campus de la UCA. Su objetivo era efectuar un registro de la residencia de los jesuitas y del Centro Monseñor Romero, situados en el mismo edificio.
No menos de dos patrullas, unos veinte hombres, entraron al campus rompiendo el candado del portón peatonal que da a la calle Cantábrico. Algunos soldados treparon por un muro. Cuando los sacerdotes se dieron cuenta, ya estaban dentro del Centro Monseñor Romero.
Estos soldados habían entrado en la planta baja del edificio por una ventana y habían empezado a abrir a patadas las puertas de las oficinas que querían registrar y que encontraban cerradas. El P. Juan Ramón Moreno, a quien estos mismos soldados matarían poco más de cuarenta y ocho horas después, se ofreció a abrirles las puertas para que no las rompieran. Los soldados declararon después que un sacerdote les había acompañado abriendo las puertas con unas llaves. El P. Ellacuría preguntó a qué venía todo aquello y pidió al oficial que iba al mando que se identificara. Este se negó. El P. Ellacuría, en cambio, sí dijo quién era él, aunque parece que el oficial conocía a Ellacuría, Montes y Martín-Baró, pues los llamaba por sus nombres. El teniente José Ricardo Espinoza Guerra, que era el oficial que iba al mando de la tropa, había estudiado en el colegio de los jesuitas, el Externado, cuando el P. Montes era rector, aunque éste no reconoció a su antiguo alumno.
Ellacuría dijo a los soldados que no tenían derecho a registrar la residencia sin una orden escrita, porque el edificio pertenecía a la Compañía de Jesús y no a la universidad. Solicitó telefonear al ministro de Defensa, pero no se lo permitieron. El oficial le respondió que, dado el estado de sitio impuesto desde el día anterior, ellos podían hacer lo que quisieran y además añadió que tenían órdenes de registrar todo el campus. En cambio, prometió no forzar las puertas cerradas y respetar a los vigilantes nocturnos de la universidad.
También dijo que los soldados permanecerían toda la noche en el campus, cosa que no hicieron, según se desprende de las declaraciones de los propios soldados a la Comisión de Investigación de Hechos Delictivos. Ellacuría sugirió que, si querían, podían regresar al día siguiente para registrar con luz de día el resto de la UCA, pero no regresaron. Montes comentó después con sus compañeros que los soldados eran del batallón Atlacatl.
Los jesuitas describieron el registro como "correcto" y dijeron que los soldados se habían comportado bien. MartínBaró escribió que el oficial "en todo momento se comportó respetuosamente con los profesores" Comparando con registros anteriores, a los jesuitas les llamó la atención que los soldados no les preguntaran nada, ni parecieran interesados en libros o papeles. Otras veces éstos se habían pasado horas enteras revisando cualquier material escrito que encontraran, para ver si se trataba de algo "subversivo".
Dentro de la residencia, los jesuitas acompañaron a los soldados. Luego, éstos registraron por su cuenta algunas aulas y laboratorios. No hubo nada en este incidente que hiciera pensar a los jesuitas que pudiera tratarse de otra cosa que de un registro rutinario.
Tojeira declaró a la Comisión de Investigación de Hechos Delictivos, el 28 de noviembre de 1989, que sus compañeros creyeron que la causa del registro era "porque había llegado el P. Ellacuría".
MARTES 14 DE NOVIEMBRE
El 14 de noviembre, los jesuitas examinaron rápidamente las instalaciones y descubrieron que los soldados habían forzado las puertas de varias aulas y laboratorios y habían entrado violentamente en la Clínica Psicológica, dañando materiales de trabajo y rompiendo el cristal de una ventana.
Durante la ausencia de Ellacuría, el resto de su comunidad se había trasladado a la residencia recién construida en el mismo edificio del Centro Monseñor Romero. La primera noche después de su regreso, la del lunes 13 de noviembre, todavía la paso Ellacuría en su antigua casa de la calle Cantábrico. Durante el martes estuvo trasladando sus cosas a su nueva habitación, en la que ya durmió la noche del martes. Y esa fue la única noche completa que durmió allí, puesto que fue asesinado en la madrugada de la siguiente.
Poco después de regresar las tropas del batallón Atlacatl a la Escuela Militar, la Dirección Nacional de Inteligencia, que ocupaba un edificio contiguo, fue atacada por las fuerzas rebeldes, según manifestó al Lawyers Committee una fuente militar. Los agentes de la DNI que defendían las instalaciones, pidieron ayuda a los comandos del Atlacatl, que pasaron desde la Escuela Militar por un portón que comunica ambas dependencias.
Aunque los soldados del batallón Atlacatl no encontraron nada sospechoso durante el registro del Centro Monseñor Romero (y así lo reflejaron en su informe escrito), esa misma noche la embajada de los Estados Unidos en San Salvador envió un cable a la DIA (Agencia de Inteligencia de la Defensa norteamericana) en el que decía que "el siguiente material fue encontrado por la Fuerza Armada salvadoreña en los dormitorios de los sacerdotes jesuitas en la Universidad Católica:
§ tres fusiles AK-47 (soviéticos), tres RPG-18 (granadas impulsadas por cohete), dos fusiles M-16, cuatro pistolas del 45 y tres radios YAESU".
A pesar de ser clara y evidentemente falso, este informe apareció en las oficinas del Senado pocos días antes de la votación del 19 de octubre de 1990 sobre la ley de ayudas exteriores de los Estados Unidos, que incluía un recorte del 50 % en la ayuda militar a El Salvador.
MIÉRCOLES 15 DE NOVIEMBRE
EL ATLACATL EN EL CENTRO LOYOLA
Según los registros de inteligencia del comando de seguridad, los soldados del batallón Atlacatl detuvieron a alguien el 14 de noviembre, cerca del cine Colonial, al lado de la UCA. También había tropas del Atlacatl en la Residencial Guadalupe, igualmente junto a la universidad.
El miércoles 15 de noviembre, hacia media mañana, un oficial que patrullaba por Jardines de Guadalupe, comentó a un jesuita que iba a haber mucho "movimiento" aquella tarde o aquella noche.
Hacia las tres de la tarde, unos ciento veinte hombres del Atlacatl llegaron al Centro Loyola, la casa de ejercicios de los jesuitas, que había sido registrada tres días antes por la Policía de Hacienda.
El cuidador abrió las puertas a los soldados, que examinaron rápidamente las cuarenta y cinco habitaciones del centro. Uno de los soldados dijo: "Esto pertenece a la UCA, ¿verdad? Aquí es donde planean la ofensiva."
Al ser informado de la presencia de los soldados, el Padre Fermín Sainz, el director, subió inmediatamente al centro. Le estaba esperando un sargento que le condujo ante un teniente. Este comentó más tarde: "Con este cura sí se puede hablar, en cambio los de ahí abajo se ponen furiosos."
Probablemente el teniente se refería al comportamiento de Ellacuría y de los otros jesuitas, cuando les dijeron a los soldados que no tenían derecho a registrar la residencia de la comunidad universitaria el lunes anterior por la noche. Por eso el P. Sainz cree que estos hombres del Atlacatl eran los mismos que hicieron el registro y después cometieron los asesinatos.
Los soldados ocuparon el centro durante toda la tarde. Muchos permanecieron sentados, descansando y esperando órdenes. La encargada del Centro Loyola sirvió pan y café a unos ochenta y cinco hombres.
Hacia las cinco y cuarto de la tarde llegó un capitán y se llevó a parte a los oficiales.
Desplegó un papel muy grande, que a Sainz le pareció un plano o un mapa, y señaló hacia abajo, hacia el campus de la universidad.
Como a las siete, después del toque de queda, los hombres salieron del Centro Loyola y se encaminaron lentamente hacia la UCA.
Antes de dejar el Centro Loyola, un oficial comentó: "Ya vamos a buscar a Ellacuría y a los jesuitas. ¡No queremos extranjeros!" Otro soldado le dijo a un empleado del centro:
"Esta noche va a haber mucha bulla por aquí. Métanse adentro y no asomen la cabeza." Otro más añadió: "Vamos a buscar a Ellacuría, y si lo encontramos, nos van a dar un premio."
REUNIÓN EN EL ESTADO MAYOR
Al intentar establecer cuándo se tomó la decisión de matar a los jesuitas o de poner en marcha un plan ya pensado desde tiempo atrás la atención se dirige a las reuniones mantenidas el 15 de noviembre en el Estado Mayor.
Se sabe que la mayoría de oficiales de mayor graduación se habían quedado a vivir en el Complejo Militar y que incluso el presidente Cristiani pasó allí varias noches. El coronel Ponce le contó a los miembros de la Comisión Moakley durante su visita a San Salvador en febrero de 1990 que, a partir del 9 de noviembre, cuando ya estaban seguros de la "posibilidad de una acción importante del FMLN, empezamos a reunirnos casi todas las noches para evaluar la situación".
Según el coronel Ponce, unos veinticuatro altos oficiales se reunieron hacia las siete y media de la noche del miércoles 15 de noviembre "para analizar las posiciones que habíamos perdido desde el 11 de noviembre... Analizamos lo que teníamos que hacer para recuperarlas. Nos dimos cuenta de que teníamos que tomar medidas más enérgicas."
Entre los reunidos aquella noche se encontraban el ministro de Defensa, los dos viceministros, los comandantes de las unidades del área metropolitana, los comandantes de las zonas de seguridad especial, los jefes de las Fuerzas de Seguridad, el director de COPREFA y los integrantes del Estado Mayor Conjunto, con su jefe, el coronel Ponce.
Según su propio relato, estos oficiales estaban al borde del pánico, ante su incapacidad para rechazar de la capital al FMLN. Después de citar cuatro ataques a la sede del Estado Mayor Conjunto y varios asaltos a las urbanizaciones militares cercanas, donde vivían muchos oficiales y sus familias, el coronel Ponce recordó que "había habido varias escaramuzas (el 15 de noviembre) al suroeste de la UCA, en Antiguo Cuscatlán, con un muerto y un herido. Había una confusión enorme y disparos por todas partes. No es fácil que ustedes puedan hacerse una idea, revivir ese momento."
Muchos observadores creen que estos oficiales han exagerado su desesperación en aquellos momentos, con el fin de justificar el asesinato de los jesuitas y los bombardeos aéreos masivos. En cualquier caso, lo que describen es la angustia que atenazaba al ejército, cuando la ofensiva del FMLN iba a entrar en su quinto día sin dar señales de detenerse.
Uno de los asistentes manifestó al San Francisco Examiner que la reunión del 15 de noviembre por la noche fue "la reunión más tensa y desesperada de los más altos comandantes del país, desde que empezó la guerra contra los insurgentes izquierdistas diez años atrás".
Hubo quien pensó al principio que la decisión de matar a los jesuitas se tomó en esta reunión. O que el coronel Benavides malinterpretó lo que se habló acerca de ir contra los ,"cabecillas" o los "puestos de mando" del FMLN.
El director de COPREFA, mayor Mauricio Chávez Cáceres, presente en la reunión, negó que se hubiera mencionado a los jesuitas, manifestando a la Comisión Moakley que "no se mencionó a la UCA de ninguna manera. Me acordaría perfectamente, porque yo estudié allí y era amigo de los sacerdotes asesinados. No, no se dijo absolutamente nada. Sería un detalle que no hubiera podido olvidar."
Añadió también que, al final de la reunión, todos se cogieron de las manos y rezaron para pedir la "iluminación divina". Y dijo: "Si yo creyera que la decisión de matar a los jesuitas se había tomado en aquella reunión, no estaría hoy aquí. No vamos a ser tan cínicos como para rezar a Dios y luego salir a matar sacerdotes."
El 14 de febrero de 1990, el presidente Cristiani manifestó a un grupo de jesuitas norteamericanos que habían ido a visitarle que "durante aquellos días pasé mucho tiempo en el Estado Mayor. Asistí a varias reuniones, pero no a esa".
El 27 de agosto de 1990, el ministro de Defensa, general Larios, envió al juez Zamora la lista, que éste le tuvo que pedir, de los oficiales presentes en la reunión.
Aunque negaron que se mencionara a los jesuitas en esa reunión del 15 de noviembre, tanto el coronel Ponce como los demás admitieron que habían decidido utilizar la Fuerza Aérea y lanzar bombas.
A primeros de febrero de 1990, muchos meses antes de que los asistentes a la reunión prestaran declaración en el juzgado, los contenidos de ésta empezaron a aparecer en la prensa norteamericana. Según Tke Boston Sunday Globe, "la reunión terminó hacia las diez y media de la noche" y el presidente Cristiani fue "despertado y se le pidió que firmara una orden autorizando el uso de la Fuerza Aérea y la artillería, cosa que hizo". Los residentes en Soyapango y otras barriadas recuerdan la noche del 15 de noviembre como la peor en cuanto a bombardeos aéreos.
En agosto de 1990, el juez Zamora envió al general Larios, ministro de Defensa, y al coronel Ponce una lista de preguntas sobre lo que se habló en aquella reunión del 15 de noviembre por la noche. Las declaraciones escritas de estos dos oficiales, aunque daban algunos detalles, no proporcionaron la más mínima información de importancia que pudiera ayudar a aclarar cómo y cuándo se desarrolló el plan asesino.
El general Larios declaró que veinticuatro comandantes habían estado reunidos de forma ininterrumpida desde las seis de la tarde hasta las diez de la noche. En la reunión no se trató "ni del sacerdote Ignacio Ellacuría, ni de otros jesuitas, ni de las instalaciones de la Universidad José Simeón Cañas, ni de una reunión de dirigentes sindicalistas en dicha universidad. El general añadió que "se decidió expulsar a los miembros del FMLN de las zonas en que persistía la agresión, determinando los métodos de defensa que se emplearían para realizar esto.
El general Larios declaró que, después de la reunión, se comunicó con el presidente Cristiani, que se personó en el Estado Mayor como a las once de la noche y se quedó como hasta las dos de la madrugada del 16 de noviembre.
Si estos datos son ciertos, quiere decir que Cristiani estaba presente en la sede del Estado Mayor mientras se estaba desarrollando la operación del asesinato de los jesuitas y de las dos mujeres a sólo unos cientos de metros de allí.
Por tanto, todos los integrantes de la cúpula militar del país (el ministro de Defensa, los dos viceministros y el jefe del Estado Mayor) estaban reunidos con Cristiani en esos precisos instantes.
El 7 de septiembre de 1990, Cristiani se presentó a declarar en persona ante el juez Zamora, acontecimiento considerado por la prensa como "sin precedentes en la historia contemporánea del Órgano Judicial salvadoreño" y aclaró algunos puntos de lo que ocurrió aquella noche.
Renunciando a su derecho a declarar por escrito, el presidente dijo que fue al Estado Mayor cuando le llamó el general Larios. Le acompañaba su secretario personal, Arturo Tona, en cuya casa se encontraba cuando recibió la llamada. Dijo también que no se mencionó en ningún momento a los jesuitas y que le pidieron que aprobara el uso de armamento pesado.
Afirmó que:
"debido a que era la primera vez que se planteaba el uso de unidades blindadas y de piezas de artillería, era necesario consultar con el declarante la decisión tomada por el Alto Mando, ya que en los primeros días de la ofensiva, por razones de protección de la población civil, no se había empleado este tipo de armas."
Cristiani declaró ante el juez que, hacia las doce y media de la noche se trasladó con Arturo Tona al puesto de mando del Estado Mayor para recibir información sobre la situación militar en la capital. Allí había, según Cristiani, "dos o tres asesores militares norteamericanos" con quienes no habló.
OTRAS REUNIONES
Es muy poco probable que una orden tan explosiva como la de matar a seis sacerdotes jesuitas se diera en presencia de veinticuatro oficiales. Por eso siempre se pensó en otras reuniones más reducidas, de las que pronto aparecieron informaciones con pistas muy claras.
Un conocido militar retirado, el coronel Ochoa declaró públicamente, tanto a la prensa como en una entrevista en el programa 60 Minutes de la televisión norteamericana el 22 de abril de 1990, que estaba convencido de que el coronel Benavides no había actuado solo, sino que había recibido órdenes de un grupo pequeño de oficiales, después de la reunión amplia del Estado Mayor, la noche del 15 de noviembre.
A los pocos días de estas declaraciones, aparecía en la prensa un comunicado anónimo de un grupo de "oficiales jóvenes" apoyando las afirmaciones del coronel Ochoa y citando varias reuniones celebradas por los más altos oficiales durante aquel día.
Aunque esta versión resultó ser cierta, según descubrió en 1993 la Comisión de la Verdad de la ONU, el Alto Mando la calificó de "propaganda del FMLN" y nadie hizo el menor esfuerzo por investigar su veracidad.
El embajador de los Estados Unidos, William Walker, confirmó en abril de 1990 que su embajada había recibido informes acerca de una segunda reunión celebrada la noche del 15 de noviembre, pero que no les había dado importancia porque "si no se hubieran estado reuniendo casi continuamente, tendrían que haberlos destituido por incompetentes. Es difícil reconstruir lo que sucedió en reuniones tan alejadas ya en el tiempo."
JUEVES 16 DE NOVIEMBRE
NOCHE DEL CRIMEN: SEDE DEL ESTADO MAYOR CONJUNTO
Al frente del puesto de mando del Estado Mayor Conjunto, desde las ocho de la mañana del día 15 de noviembre hasta las ocho de la mañana del 16, estaba el coronel Nelson Iván López y López, jefe del Conjunto I del Estado Mayor (Personal).
El jefe del Conjunto III, el coronel Joaquín Arnoldo Cerna Flores, estuvo en el puesto de mando hasta la una o las dos dela madrugada, según declaró en el juzgado el 21 de septiembre de 1990. Dos asesores militares norteamericanos permanecieron en ese centro de mando durante la noche. Los miembros del Alto Mando estuvieron allí hasta las dos de la madrugada, cuando los asesinos estaban ya en el campus.
El estrépito producido por la operación del asesinato de los jesuitas fuego de ametralladora y de fusiles de asalto automáticos, explosiones de granadas y de cohetes LAW se oyó perfectamente desde el Estado Mayor. "Al oír esas explosiones hubo preocupación extrema en el Estado Mayor", recuerda el coronel Carlos Armando Avilés. "Fue la primera vez que se temió un ataque a los centros vitales de la Fuerza Armada, el Estado Mayor y el ministerio de Defensa." Otro oficial que estaba presente esa noche, el jefe del departamento de contrainteligencia, "escuchó fuertes detonaciones y explosiones cerca del Estado Mayor... y las ubicó por el sector de la UCA.
Después de la reunión del Estado Mayor, el coronel Benavides regresó a la Escuela Militar y reunió a sus oficiales.
Benavides informó a los diez que asistieron de las decisiones tomadas en la reunión del Estado Mayor.
REUNIÓN EN LA DIRECCIÓN NACIONAL DE INTELIGENCIA
Otra reunión mencionada repetidas veces como clave para el caso, es la celebrada en la Dirección Nacional de Inteligencia, situada cerca del Estado Mayor y de la Escuela Militar.
La CIA norteamericana compartía sus oficinas con la DNI, y los agentes de la CIA solían asistir a sus reuniones. Un agente de la DNI manifestó al Lawyers Committee que la reunión diaria de las ocho de la mañana se adelantó a las siete y media durante la primera semana de la ofensiva guerrillera.
El 16 de noviembre por la mañana, los agentes de la DNI se reunieron como de costumbre. Entre otras cosas, iban a recibir un informe de su jefe, el coronel Carlos Mauricio Guzmán Aguilar, sobre las decisiones tomadas la noche anterior en la reunión del Estado Mayor.
La primera versión de lo sucedido que se conoció, situaba el comienzo de la reunión a las cinco de la mañana. Empezada la reunión, un oficial, identificado más tarde como el capitán Carlos Fernando Herrera Carranza, interrumpió ésta para anunciar que a Ellacuría lo habían matado "cuando se resistió al arresto". Dijo que lo había oído por la radio.
Uno de los que asistieron a la reunión manifestó al Lawyers Committee que ésta había empezado a las siete y media y que sólo estaban presentes los oficiales superiores cuando el capitán Herrera Carranza había entrado en la habitación. Esto explica, dijo, por qué no había ningún agente de la CIA cuando se hizo el anuncio. Al preguntarle si alguien de la CIA estaba en esa reunión del 16 de noviembre, el embajador Walker dijo a un grupo de jesuitas norteamericanos: "Se lo he preguntado y me han dicho que no".
El San Francisco Examiner informaba en febrero de 1990 que habían circulado varias versiones contradictorias acerca de la reunión. Una fuente manifestó al Examiner que la CIA estaba presente, mientras que otra fuente cercana a la CIA, negó que sus agentes hubieran asistido.
Según las versiones que aparecieron en la prensa de los Estados Unidos, los asistentes a la reunión "celebraron y aplaudieron" cuando el capitán Herrera anunció que Ellacuría había muerto. Un oficial, que negó defensivamente que hubiera reaccionado de esa manera, manifestó al Lawyers Committe que "no veía por qué lo de aplaudir podía ser relevante par saber quién" mató a los sacerdotes. Añadió, sin embargo, que "no quería tampoco dejar la impresión de que lamentábamos la muerte de Ellacuría". Dijo que, aunque no hubiera nada explicito, él se había quedado con la clara impresión de que los militares podían ser los responsables de los asesinatos.
Según varias versiones, el jefe de la Dirección Nacional de Inteligencia, coronel Guzmán Aguilar, se enzarzó en una acalorada discusión con el coronel Roberto Pineda Guerra, que opinó que estas muertes tendrían repercusiones seriamente negativas para la Fuerza Armada.
El capitán Luis Alberto Parada Fuentes, que fue uno de los oficiales de la DNI que asistió a la reunión, declaró que "cuando oí la palabra arresto de la boca del capitán Herrera Carranza, imaginé que los autores de los asesinatos de los sacerdotes jesuitas eran miembros de la Fuerza Armada, porque eso es lo que la palabra (arresto) sugiere".
EL CRIMEN
El lunes 13 de noviembre, en la tarde, quedó constituida una zona militar para proteger los lugares en donde se encuentran el Estado Mayor, la Escuela Militar y la colonia Arce, ubicada, precisamente, enfrente del portón principal de la UCA. Esta zona de seguridad quedó bajo las órdenes del coronel Guillermo Alfredo Benavides Moreno, director de la Escuela Militar. A ella se agregaron efectivos de diversos batallones, entre ellos algunos pertenecientes al batallón Atlacatl, así como otros pertenecientes a los destacamentos de Sonsonate y Ahuachapán. Ese mismo lunes se autorizó el registro de la residencia de los jesuitas situada dentro del campus de la UCA y se ordenó ejecutarlo al teniente José Ricardo Espinoza Guerra y a su segundo, el subteniente Gonzalo Guevara Cerritos, ambos de alta en el batallón Atlacatl.
Siguiendo el relato de las confesiones extrajudiciales de los ocho acusados llevados ante el juez, los acontecimientos se desarrollaron de la siguiente manera. A las once de la noche del 15 de noviembre, Espinoza recibió la orden de presentarse ante Benavides en la Escuela Militar. En dicha Escuela se encontró con el teniente Yusshy Mendoza Vallecillos, quien le repitió que el coronel lo quería ver a él y a su subteniente Guevara Cerritos.
Encontraron al coronel en una sala de oficiales y se encaminaron al despacho de este último, donde el coronel dijo: "Esta es una situación donde son ellos o somos nosotros; vamos a comenzar por los cabecillas. Dentro del sector de nosotros tenemos la universidad y ahí está Ellacuría."
Inmediatamente señaló a Espinoza y continuó: "Tú hiciste el registro y tu gente conoce ese lugar. Usa el mismo dispositivo del día del registro y hay que eliminarlo. Y no quiero testigos. El teniente Mendoza va a ir con ustedes como el encargado de la operación para que no haya problemas."
Espinoza añade que le dijo al coronel que "eso era un problema serio". A lo cual el coronel contestó: "No te preocupes, tienes mi apoyo."
Los otros dos tenientes difieren en algunas cosas de esta versión. El subteniente Guevara coincide con Espinoza, pero añade, poniendo en boca del coronel estas palabras: "Éstos han sido los intelectuales que han dirigido la guerrilla por mucho tiempo." En cambio, Yusshy Mendoza afirma que cuando lo llamaron al despacho del coronel ya estaba allí Espinoza, y que el coronel sólo dijo: "Mira, Mendoza, vas a acompañar a Espinoza a cumplir una misión. Él ya sabe qué es.".
Posteriormente, y antes de salir de la Escuela Militar, Espinoza le pidió a Yusshy Mendoza una barra de camuflaje para pintarse la cara. El teniente Espinoza se había graduado como bachiller en el Externado San José siendo rector de dicho colegio el Padre Segundo Montes. Durante el registro, Montes no lo reconoció, pero no es difícil pensar que el teniente sí lo había reconocido. Por su parte, Espinoza afirma que fue Mendoza quien le ofreció la barra de camuflaje para el rostro.
Ya listos para salir, el teniente Mendoza ofreció un fusil AK-47 a quien lo pudiera manejar. Óscar Mariano Amaya Grimaldi, soldado del Atlacatl encargado de usarlo, no recuerda quién de los dos tenientes (Espinoza o Mendoza) se lo dio, pues ambos estaban juntos. Pero sí dijo haber recibido la información de que iban a matar "a unos delincuentes terroristas que se encontraban en el interior de la universidad UCA" de su comandante (Espinoza).
Todos coinciden, sin embargo, en que poco después de recibir la orden del coronel, salieron de la Escuela Militar en dos camionetas. Llegaron hasta los edificios de apartamentos abandonados y dejados a medio construir, que se encuentran en el costado oeste de la UCA. Ahí se concentraron. Los distintos testimonios indican que los tres tenientes dieron instrucciones sobre el operativo que iban a llevar a cabo, que incluía, por supuesto, la cobertura y seguridad para quienes iban a matar a los padres. Decidieron quiénes ejecutaran el crimen y todo el grupo en columna, se desplazó hacia la UCA. Antes de salir de los edificios abandonados, el soldado Amaya Grimaldi recuerda que el teniente Mendoza le dijo: "Tú eres el hombre clave".
Amaya Grimaldi, conocido entre sus compañeros como "Pilijay" ("Verdugo"), entendió "que él era el que se encargaría de matar a las personas que se encontraban en ese lugar." En el camino, al lado de los tenientes Espinoza y Mendoza, Pilijay oyó que el primero de ellos le dijo, refiriéndose al fusil: "Esconde esa mierda".
EN LA UCA
Entraron por el portón para peatones de la UCA, e incomprensiblemente, esperaron un rato junto al aparcamiento de automóviles. En ese momento pasó un avión a muy baja altura sobre la UCA, el cual despertó a Fermín Sainz y a varios vecinos.
Frente al aparcamiento, los soldados fingieron el primer ataque, dañando los vehículos aparcados, y lanzaron una granada. Uno de los vigilantes de la universidad, que dormía en uno de los edificios enfrente del aparcamiento, atestiguó haber oído dos frases: "Ahí no vayan, que sólo hay cubículos" y "es hora de ir a matar a los jesuitas".
El operativo se desarrolló formando tres círculos concéntricos. Un grupo de soldados permaneció en zonas distantes al Centro Monseñor Romero. Otros rodearon el edificio. Algunos de ellos se subieron a los tejados de las casas vecinas. Por fin, un grupo más pequeño, "selecto", participó directamente en los asesinatos. Solamente algunos miembros de este grupo han sido acusados y llevados ante la justicia.
Rodeada la casa, los soldados comenzaron a golpear las puertas. Simultáneamente, penetraron en la planta baja del edificio del Centro Monseñor Romero y destruyeron y quemaron lo que encontraron. Los que rodearon la casa de los jesuitas les gritaron que abrieran las puertas. Oscar Amaya (Pilijay) recuerda haber dicho junto a la puerta trasera de la residencia de los padres: "A ver a qué hora salen de ahí. Según ustedes tengo tiempo para estarlos esperando." Entonces vio a una persona parada frente a la hamaca que colgaba en el corredor, quien le dijo: "Espérense, ya voy a ir a abrirles, pero no estén haciendo ese desorden".
Pilijay sólo recuerda "que este señor vestía un camisón de dormir color café." En efecto, Ellacuría llevaba puesta, en el momento de ser asesinado, una bata de ese color. Antonio Ramiro Avalos Vargas, subsargento de alta en el batallón Atlacatl, atestiguó que por esa puerta había un soldado golpeando con un tronco. Que después de "diez minutos de estar golpeando esas puertas y ventanas, abrió el portón que estaban golpeando con el trozo de madera un señor chele que vestía pijama, quien les dijo que no continuaran golpeando las puertas y ventanas porque ellos estaban conscientes de lo que les sucedería." Este padre, tal vez Segundo Montes, el único de los asesinados que estaba con pijama y sin bata, fue llevado al jardín en la parte de enfrente de la residencia (opuesta a la fachada del Centro Monseñor Romero). Allí estaban ya Amando López, Ellacuría, Martín-Baró y Juan Ramón Moreno. Probablemente mientras llegaba Segundo Montes, Martín-Baró fue con un soldado a abrir la puerta que comunica la residencia con 1a capilla de Cristo Liberador. Ahí fue donde la testigo Lucía Barrera vio a cinco soldados y donde probablemente Martín-Baró le dijo a uno de ellos: "Esto es una injusticia. Ustedes son carroña." Esta frase la oyó perfectamente Lucía,
mientras que otra vecina, algo más lejos, sólo alcanzó a escuchar las palabras "injusticia" y "carroña".
Haciendo cábalas, puede ser también que Martín-Baró dijo estas palabras al ver que un soldado tenía apuntadas con su fusil a Elba y a su hija Celina. En efecto, para abrir la puerta mencionada, hay que pasar enfrente de la habitación donde ellas fueron asesinadas. Tomás Zarpate Castillo, subsargento de alta en el batallón Atlacatl, estaba de guardia en la puerta de esa habitación por orden del teniente de la Escuela Militar, que es como llaman a Yusshy Mendoza los soldados y clases que han declarado.
Antonio Ávalos y Óscar Amaya dicen que dieron la orden de tirarse al suelo cuando se quedaron solos con los padres, tuvieron miedo de perder el control de la situación. Mientras tanto, continuaba el registro de la casa.
Joaquín López y López había conseguido esconderse en alguno de los cuartos. Poco tiempo estuvieron tirados en el suelo los cinco padres. Algunos vecinos oyeron cuchicheos, sin entender lo que se decía. Justo antes de que los asesinos dispararan, una vecina asegura haber oído una especie de cuchicheo acompasado, como salmodia de un grupo en oración.
LA HORA DE MATAR
Antonio Ávalos dice que el teniente Espinoza con el teniente Mendoza a su lado, lo llamó y le preguntó: "¿A qué horas va a proceder?" El subsargento declara que entendió esa frase "como una orden para eliminar a los señores que tenían boca abajo. Se acercó al soldado Amaya y le dijo: "Procedamos".
Y comenzaron los disparos. Ávalos se ensaña con los padres Juan Ramón Moreno y Amando López. Pilijay disparó contra Ellacuría, Martín-Baró y Montes. A diez metros de distancia permanecieron Espinoza y Mendoza, según las declaraciones de los dos verdugos. Pilijay recuerda que "entre los tres señores que les disparó primero (después dio el tiro de gracia a cada uno), se encontraba el que vestía camisón café antes mencionado". Entre los disparos, y si hacemos caso a las declaraciones de Pilijay, Martín-Baró sólo recibió el tiro de gracia. La entrada y la trayectoria de las balas hacen pensar que algunos de los padres trataron de incorporarse al comenzar la ejecución. Otros, como Martín-Baró, parecen no haberse movido para nada, manteniendo incluso los pies cruzados hasta el final, como quien se tumba en el suelo y busca una posición cómoda.
Mientras ocurría esto, Tomás Zarpate "estaba dando seguridad" (según sus propias declaraciones) a Elba y Celina. Al escuchar la voz de mando que dice "¡ya!" y los tiros subsiguientes, "también le disparó a las dos mujeres" hasta estar seguro de que estaban muertas, porque "éstas no se quejaban".
En este momento, cuando cesaron los tiros, apareció en la puerta de la residencia Joaquín López. Los soldados lo llamaron y Pilijay dijo que él respondió: "No me vayan a matar, porque yo no pertenezco a ninguna organización." Y en seguida entró de nuevo a la casa. La versión del cabo Ángel Pérez Vásquez, de alta en el batallón Atlacatl, coincide en parte con lo anterior. El P. Joaquín López salió de su escondite al oír los disparos, vio los cadáveres e inmediatamente se metió en la casa. Los soldados de fuera le dijeron: "Compa, véngase". Y, continúa la narración, "el señor no hizo caso, y cuando ya iba a entrar en una habitación, hubo un soldado que le disparó." Pérez Vásquez continúa su relato diciendo que al caer el P. López hacia adentro de la habitación, él se acercó a inspeccionar el lugar. Y que, "cuando pasaba por encima del señor a quien habían disparado, sintió que éste le agarró de los pies a lo que él retrocedió y le disparó haciéndole cuatro disparos."
Concluido el crimen, se lanzó una bengala. Era la señal de retirada. Y como algunos no se movieron, se volvió a disparar una segunda bengala. Ya de retirada, de nuevo Avalos Vargas, apodado por sus compañeros "Sapo" o "Satanás", al pasar frente a la sala de visitas, donde fueron asesinadas Elba y Celina, oyó jadear a unas personas. Inmediatamente pensó en heridos a quienes había que rematar y "encendió un fósforo, observando que en el interior... se encontraban dos mujeres tiradas en el suelo y quienes estaban abrazadas pujando, por lo que le ordenó al soldado Sierra Ascencio que las rematara". Jorge Alberto Sierra Ascencio, soldado de alta en el batallón Atlacatl disparó una ráfaga como de diez cartuchos hacia el cuerpo de esas mujeres hasta que ya no pujaron", recuerda Avalos. Cuando Sierra Ascencio percibió que la investigación se estaba orientando hacia su grupo, desertó.
Amaya Grimaldi escuchó a Espinoza Guerra dar la siguiente orden al cabo Cotta Hernández: "Mételos para adentro, aunque sea de arrastradas."
Entonces el cabo Cotta arrastró el cadáver del P. Juan Ramon Moreno hasta el segundo cuarto del lado oriental de la residencia que, además, no era el suyo, y lo dejó ahí tirado. A su lado quedó el libro El Dios crucificado del teólogo alemán Jürgen Moltmann. Al salir, Cotta se dio cuenta de que todos se habían ido y él hizo lo mismo, dejando los otros cadáveres en la grama.
Había pasado una hora desde que entraron y fingieron un enfrentamiento frente al aparcamiento próximo a la capilla de la universidad.
Como despedida, los soldados fingieron un ataque al Centro Monseñor Romero. Era parte del plan. En el libro de operaciones del Estado Mayor se lee textualmente: "A las cero horas treinta minutos del dieciséis, delincuentes terroristas, mediante disparos de lanzagranadas desde la Quebrada Arenal San Felipe, en las proximidades y al costado Sur Oriente de la Universidad en mención, dañaron el edificio de Teología de ese centro de estudios, sin reportarse bajas." El coronel sólo se equivocó en el lugar desde el cual fue atacado el edificio y en la hora, adelantada en realidad casi dos horas exactas.
En las puertas y paredes de la planta baja del Centro Monseñor Romero, los soldados escribieron las siglas "FMLN". Al salir de nuevo por el portón para peatones de la UCA, uno de los criminales escribió: "El FMLN hizo un ajusticiamiento a los orejas contrarios. Vencer o morir. FMLN." Los análisis grafológicos demuestran que la escritura del subteniente Guevara Cerritos y la del subsargento Ávalos Vargas "presentan características similares". Algunos soldados recuerdan haber visto a Guevara escribiendo algo en aquel rótulo.
El Centro Monseñor Romero ya estaba quemado por dentro. Supuestamente, Guevara Cerritos, quien en ningún momento estuvo presente en el sitio del múltiple asesinato, dirigió la quema. Después se instaló una ametralladora M-60 traída desde la Escuela Militar, frente al edificio del Centro de Investigación y Documentación para Apoyar la Investigación y apuntando al edificio del Centro Monseñor Romero. Pilijay llegó a tiempo para disparar su AK-47 y su cohete antitanque, el cual estalló contra la verja de hierro del corredor de la residencia de los Padres. Otros soldados también dispararon y uno de ellos lanzó dos granadas contra el edificio.
Cotta Hernández, quien colaboró en el asesinato al arrastrar el cadáver del P. Juan Ramón Moreno murió pocos días después en combate en la Zacamil. El subsargento apodado "Salvaje" (Eduardo Antonio Córdova Monge) y su patrulla, quienes dispararon a mansalva contra el edificio, y los soldados que entraron en el Centro Monseñor Romero e incendiaron y destruyeron sus pertenencias, no fueron llevados a juicio.
En el testimonio del teniente Yusshy Mendoza hay un último recuerdo del escenario del crimen: "Un soldado desconocido llevaba una valija color café claro." Los cinco mil dólares del premio Alfonso Comín, otorgado pocos días antes a Ellacuría y a la UCA, desaparecieron para siempre.
DE NUEVO EN LA ESCUELA MILITAR
El teniente Espinoza Guerra dice en su declaración que salió del lugar con los ojos llenos de lágrimas. Volvió a llorar una vez más al dar su declaración.
La operación había sido un éxito. En ella habían participado las patrullas de "Satanás", "Maldito", "Rayo" y "Acorralado", apodos de guerra de los jefes que las mandaban. Las patrullas de "Nahum", "Salvaje", "Sansón", "Hércules" y "Lagarto" anduvieron en los alrededores y, al menos la de "Salvaje", se incorporó activamente al operativo contra el Centro Monsenor Romero.
Espinoza Guerra, apodado "Toro", cuenta en su declaración que acudió, tan pronto como llegó a la Escuela Militar, al despacho del coronel Benavides "con el fin de reclamarle, ya que se encontraba indignado por lo que había sucedido". No lo encontró. Cuando por fin apareció, el mismo coronel tomó la iniciativa:
-¿Qué te pasa? ¿Estás preocupado?
-Mi coronel, no me ha gustado esto que se ha hecho.
-Cálmate, no te preocupes. Tienes mi apoyo. Confía en mí.
-Eso espero, mi coronel."
Esa noche, en torno a la UCA, en lugares muy próximos, había más de trescientos militares entre oficiales, clases y soldados, sin contar con quienes participaron en el operativo asesino. Y ninguno de ellos se extrañó, ni se preocupó, ni informó o intentó averiguar lo que pasaba en la UCA. Los soldados del batallón Atlacatl que participaron en el asesinato fueron enviados a las seis de la mañana del día 16 a combatir en el sector de Mejicanos y Zacamil, incorporados a su batallón. Allí lucharon junto con los soldados de la Primera Brigada. Ese mismo día, entre las dos y las tres de la tarde, monseñor Rivera Damas y monseñor Rosa Chávez escucharon una voz que, desde un vehículo militar con altavoces, decía: "Seguimos matando comunistas. Ya han caído Ellacuría y Martín-Baró. Rindanse. Somos de la Primera Brigada." A pesar de la denuncia de monseñor Rosa y otros, el hecho nunca fue investigado.
COMIENZA EL ENCUBRIMIENTO
Los primeros intentos de ocultar el papel de los militares en los asesinatos de los jesuitas se produjeron, como hemos visto, incluso antes de que los soldados abandonaran el campus, atribuyendo el hecho al FMLN en rótulos y pintadas.
El gobierno salvadoreño también se apresuró a desarrollar su propia campaña de encubrimiento. A finales de 1989, unos grupos de "emisarios", relacionados con ARENA y con el ejército, fueron enviados a Europa, Sudamérica y los Estados Unidos en una ofensiva diplomática que tenía por objeto combatir la publicidad negativa que los asesinatos le estaban produciendo al gobierno a nivel internacional.
Un miembro del personal del Congreso de Estados Unidos, que se reunió en Washington con la delegación salvadoreña, recuerda que el grupo argumentaba que el FMLN quería matar a Ellacuría porque el presidente Cristiani le había pedido que participara en la investigación del atentado contra la sede de la federación sindical FENASTRAS en octubre de 1989. Según ellos, el propio FMLN había dinamitado la sede de FENASTRAS, considerada "fachada" de la guerrilla por el gobierno y el ejército salvadoreños, para intentar crear mártires y así desencadenar la ofensiva guerrillera. Al pedirle que formara parte de una comisión para investigar el atentado, Ellacuría habría descubierto el papel del FMLN en el mismo, por lo que había que matarlo antes de que publicara la verdad.
Unas instrucciones preparadas por el ministerio de Relaciones Exteriores para las delegaciones, proporcionan ejemplos de preguntas y respuestas. Si les preguntaban por las amenazas emitidas por la radio contra los jesuitas durante las horas anteriores a los asesinatos, los miembros de las delegaciones tenían que describir el "micrófono abierto" como "una manifestación más de la libertad de prensa que existe en El Salvador." A propósito de la gran cantidad de pruebas circunstanciales que implicaban a la Fuerza Armada en el crimen, el ministerio de Relaciones Exteriores ofrecía lo siguiente:
"No debe olvidarse que en cualquier caso, la atribución de tal hecho al gobierno o al ejército salvadoreño carece de todo fundamento moral y jurídico y no debe tomarse más que como una estrategia de los grupos terroristas tendiente a desestabilizar la democracia de la Nación. Debemos tomar en cuenta asimismo, que el beneficiario inmediato de este crimen es el FMLN que lo utiliza internacionalmente en su favor".
El gobierno de El Salvador mantuvo esta versión de los hechos durante todo el mes de diciembre de 1989 hasta que, a primeros de enero de 1990, su posición se hizo ya totalmente insostenible.

jueves, 13 de noviembre de 2008

EL PLAN PARA MASACRAR A LOS JESUITAS

19 AÑOS DESPUÉS (SEGUNDA ENTREGA)

Miércoles 15 de noviembre de 1989, altos oficiales del ejército salvadoreño deciden reunirse por un lapso de tres horas, aquella sesión maquiavélica comenzó a las 7:30 y terminó justo a las 10:30 de la noche.
En ese encuentro estuvieron presentes 30 oficiales, se conoció también que asistieron asesores militares de Estados Unidos, al culminar la reunión decidieron utilizar artillería y aviones que desde los aires iban a disparar en contra de San Salvador.
Ya todo estaba dado, los altos mandos de la Fuerza Armada avalaron un plan para asesinar a dirigentes de izquierda, pero la logística para perpetrar esos crímenes estuvo bajo el mando de una estructura informal y paralela, pero con el apoyo de esa estructura formal militar, con los acuerdos los oficiales dieron por finaliza la sesión y con un apretón de manos pidieron ayuda a Dios para que todos les saliera a la perfección.
Según las investigaciones el Coronel Benavides, quien estuvo presente en la reunión era el responsable militar del sector donde se ubica la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), se reunió media hora más tarde con los dos tenientes que estarían directamente a cargo del operativo contra esa universidad. Les dijo: “estamos en una situación en donde o son ellos o somos nosotros. Vamos a comenzar con los cabecillas. Dentro del sector, nosotros tenemos la Universidad y ahí está Ellacuría. Vos hiciste el registro y tu gente conoce ese lugar. Usá el mismo dispositivo del día del registro. Hay que eliminarlo y no quiero testigos”. Seis horas después, las patrullas de "Satanás", "Maldito", "Rayo", "Salvaje", y otras, del Atlacatl, batallón formado y entrenado por militares norteamericanos, estaban de regreso en la Escuela Militar. Habían cumplido su misión; los seis sacerdotes jesuitas y sus dos empleadas ya habían sido aniquilados.
El segundo encuentro de los altos mandos militares tuvo lugar horas después, específicamente a las 8:00 de la mañana del 16 de noviembre, en otro edificio: el que comparte la CIA con el DNI. Cuando se oficializó la noticia de que los jesuitas habían muerto, los altos oficiales "aplaudieron" y "gritaron de alegría". La revelación de las dos reuniones pasó a ser objeto de investigación desde que se conoció de ellas. El día 8 de febrero las confirmó el Subsecretario de Estado Bernard Aronson.
Meses después la Compañía de Jesús solicitó oficialmente al Departamento de Estado, Consejo Nacional de Seguridad, CIA y DÍA el acceso a la información que habían logrado recopilar.
El Departamento de Defensa, informó que tenía 21 documentos, pero que no podían ponerlos a disposición de los jesuitas porque, de acuerdo a un artículo de sus leyes, no puede entregarse información que pueda dañar la seguridad nacional de Estados Unidos. Tras mucha insistencia, la DIA reconoció que tenía 85 documentos y que podía suministrar algunos. De los que entregó, a veces, en una hoja de 25 o 30 líneas, están tachadas y son ilegibles 15 o 18 líneas.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

EX PRESIDENTE CRISTIANI ACUSADO POR MASACRE DE JESUITAS EN AUDIENCIA NACIONAL DE ESPAÑA

QUERELLA ANTE LA AUDIENCIA NACIONAL POR EL BRUTAL ASESINATO EN 1989, DE LOS JESUITAS Y SUS DOS EMPLEADAS EN EL SALVADOR (PRIMERA ENTREGA)
Al amparo del principio de Justicia Universal, organizaciones de derechos humanos interpusieron este 13 de noviembre en la Audiencia Nacional de España una querella en contra del ex presidente de El Salvador, Alfredo Cristiani Burkard y 14 oficiales del ejército salvadoreño por la masacre de los Jesuitas.
El 16 de noviembre de 1989, el rector de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (UCA), Ignacio Ellacuría S.J.; el vicerrector académico, Ignacio Martín-Baró S.J.; el director del Instituto de Derechos Humanos de la UCA, Segundo Montes S.J.; el director de la Biblioteca de teología, Juan Ramón Moreno S.J.; el profesor de filosofía, Amando López S.J., junto con Joaquín López y López S.J., y dos mujeres colaboradoras de la Universidad, Elba y Celina Ramos fueron asesinados por un pelotón del Batallón Atlacatl de la Fuerza Armada de El Salvador.
19 años después de la tragedia, uno de los crímenes más horrendos del siglo pasado continua impune. La Asociación Pro Derechos Humanos de España y el Centro de Justicia y Responsabilidad http://www.cja.org/ con sede en San Francisco, acudirán a presentan cargos contra el ex presidente y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Alfredo Cristiani Burkard, por encubrir el crimen. La querella se interpone en la Audiencia Nacional de España.
Cinco de las ocho víctimas nacieron en España, donde hoy residen sus familias. Este caso se apoya en el principio de justicia universal, el mismo principio que permitió el arresto en Londres del entonces ex dictador chileno Augusto Pinochet. En noviembre de 1989, seis jesuitas, su ama de llaves y la hija de ésta de dieciséis años fueron asesinados por el ejército salvadoreño, lo que se conoce como "la masacre de los jesuitas", la cual precipitó el final de la guerra civil en El Salvador. En 1993 y debido a la gravedad del crimen, la Asamblea Legislativa de El Salvador aprobó la Ley de Amnistía General que ha protegido hasta el día de hoy a los responsables, quienes continúan libres y gozan de cierta influencia política en el país. Mantener o revocar esta Ley de Amnistía se ha convertido en la pieza clave de la disputa entre las dos fuerzas políticas que se disputan la presidencia en las elecciones de 2009.

NOTA: A 19 años, de la masacre, espere todos los días una serie de entrega de reportajes en mi blog.

jueves, 6 de noviembre de 2008

POLÉMICA POR NUEVO CÓDIGO PROCESAL PENAL

El nuevo Código Procesal ha generado polémica entre la Fiscalía General de la República y la Asamblea Legislativa.
Para la redacción de la normativa fueron contratados el magistrado Sergio Luis Rivera y el juez de sentencia, Carlos Sánchez, ambos administradores de justicia le dieron el toque final junto a diputados de una comisión especial creada en el Órgano Legislativo.
El fiscal general Félix Garrid Safie, ha pedido al presidente de la República, Antonio Saca que vete el nuevo Código Procesal Penal.
El funcionario es muy crítico con la nueva normativa, dijo “no es Código Procesal Penal, creo que es un código judicial; creo que lejos de ser un adelanto es un retroceso para el sistema judicial del país, es un retroceso que viene a favorecer a la delincuencia” expresó.
A Safie, no le parece que siendo una institución que constitucionalmente tiene el monopolio de la investigación se le limite su trabajo.
Basa sus cuestionamientos en algunos aspectos específicos como la facultada que le dan a los jueces para que desechen cuando consideren conveniente los testigos con criterio de oportunidad, esa reforma incorporada al nuevo código es un agravio para el Ministerio Público ya que viene a bloquear el trabajo que realizan en los diversos casos.
Pero al analizar el artículo 19 del actual código, con el artículo 18 del nuevo código, se puede determinar que los requisitos para otorgar el criterio de oportunidad no han variado, lo que han hecho es un maquillaje.
En el artículo 18, inciso segundo de la nueva normativa dice que en el caso de crimen organizado no podrá concederse criterio de oportunidad a quienes dirijan las organizaciones, salvo que ello sea imprescindible para probar la intervención de los demás miembros de la cúpula de la organización delictiva sin perjuicio de que en este último caso se incrimine además a otros participantes de los hechos delictivos, entonces es lo mismo, porque la Fiscalía puede argumentar que X persona es el único testigo que tienen para incriminar a los imputados, aunque este sea parte de una organización criminal.
Respecto al sistema de apelaciones a las sentencias definitivas de los tribunales de sentencia, Safie, considera que viene anular por completo el trabajo fiscal.
Un elemento que se ha dejado fuera de la normativa según el fiscal, es el tema de los funcionarios judiciales que incurren en hechos delictivos, “Una de las cosas que nosotros hubiésemos querido ver es como se va a procesar a los jueces corruptos, como se va regular el prevaricato, como se va establecer la frontera de la transparencia de los jueces” manifestó.
Como Fiscalía General de la República, hubiesen querido que se aclararara el procedimiento a seguir con aquellos funcionarios a quienes la Asamblea Legislativa los despoje del fuero para ser procesados, pero Safie, dice que en la normativa el congreso no especifica cual será la dinámica a seguir en futuros procesos.

OTRAS DISPOSICIONES

Procedimiento sumario
Los delitos en flagrancia como robo, hurto, conducción temeraria, tenencia ilegal de arma de fuego y otros que no ameriten indagación compleja, serán conocidos solo por un juez de paz quien en máximo de un mes tendrá que haber emitido una sentencia definitiva.

Devolución de Objetos
En la Asamblea Legislativa se ha tomado muy en cuenta el tema de la devolución de bienes, citando por ejemplo un vehículo, cuando un automotor sea robado y luego utilizado para cometer un homicidio o robo, la Policía y Fiscalía estarán obligados a extraer las pruebas necesarias y después entregarlo de inmediato al propietario, esto evitará que en un predio baldío los vehículos sean desmantelados como ocurre actualmente.

Limitante a juez de paz
Los jueces de paz no podrán sobreseer a un imputado sobre la base de examinar el mérito de las investigaciones, si opera una salida alterna derivado como de una conciliación si podrá, el único que podrá sobreseer provisional o definitivamente será el juez de instrucción.

Juramentación de peritos
En cuanto a la prueba pericial el nuevo código hace una diferencia entre los peritos permanentes y los accidentales, actualmente el código exige juramentar a todos los peritos, pero el permanente que es el que trabaja para el estado, entre ellos un médico forense, ya no será juramentado cada vez que realice una pericia.

domingo, 2 de noviembre de 2008

15 AÑOS HACIENDO RADIO EN MI PAÍS QUE TANTO AMO




Llega otro sábado: y no es cualquier sábado, es el día en el cual cumplo mis 15 años haciendo radio, parece que fue ayer cuando hice mi primer turno en una cabina, recuerdo muy bien lo difícil que resultó para mi aquel 1 de noviembre de 1993, todos mis compañeros me dijeron “tu puedes, lo único que debes hacer es controlar tus nervios, eso es todo”.
Gilberto, un ex compañero con quien estudié locución cuando apenas yo tenía 15 años también me animó, y no se me olvida aquellas palabras de aliento, “debes sentirte orgulloso, imagínate, te estas convirtiendo en locutor más joven de la radio, a tus 16 años ya eres famoso bicho, ah…pero hay algo mejor te van a llover las chicas”. Bueno, Gil, que en paz descanse era de aquellos tipos que no dejaban pasar una chica, vaya tiempos aquellos.
Todos esos gratos recuerdos se me vinieron a la mente cuando este 1 de noviembre, entré a la cabina para conducir mi segundo turno, de 9:00 a 12:00 de la noche, ese turno que nadie quiere porque es fin de semana y todos prefieren irse de parranda y disfrutar con un par de “chevas” y “tecniquiar” en los mejores antros habidos y por haber, bueno locutores debemos ser, dicen que no hay periodista, ni locutor que no sea “bolito”, a juzgar por mis compañeritos que no pierden un finde sin probar las aguas locas.
Pero yo se que al salir de mi turno a las 0:00 horas me voy incorporar, claro no hay más de alguno que cinco minutos antes de salir de la cabina ya me está esperando para llevarme directamente al más famoso de todos, restaurante “Las cejitas”, ahí donde todos nos reunimos.
A esa hora ya voy contagiado por una retajila de bolos que en las tres horas de mi turno estuvieron llamando y poniéndole ambiente a la transmisión de la radio
http://radiovictoria.org/index.html, bueno y es que ese turno de los sábados es peculiar y muy diferente a mis otros turnos, ya que la música ranchera y banda terminan contagiando a todo mundo, desde el más pequeño hasta el más adulto, todos entran en sintonía con la radio que les programa la canción menos esperada.
De entrada mi peculiar presentación. “Hola, muy….pero muy…. buenas noches, que tal, como está mi gente, es un placer enorme compartir con ustedes las próximas tres horas y que mejor manera de hacerlo que con la música que a usted la encanta escuchar”.
Y de entrada me dejo ir con la primera de las levanta polvos, no queda nada de mal iniciar con “Los jefe de jefes” o con el Rey de la música Ranchera; el gran Chente Fernández, o la mejor una banda al estilo de Kapaz de la Sierra, la Patrulla 81, o Banda Machos, huy…..eso de entrada pone en que pensar a mi audiencia y el teléfono de cabina no deja de sonar, la bienvenida a lo mejor me lo da una chica con una de esas cuentiadas que te invitan a algo más, “hola papi que rico se te oye, tu vos me vuelve loco, dame tu cel, quiero tenerte en privado”, jajajajaja, río y le digo pero de veras que eres atrevida, que te vas a dar, “bueno hay que probarlo, pero antes que sigas poneme, estos celos de Vicente y también la sorpresa de los Tigres”, así transcurre el turno con mucho ambiente y por su puesto con mucha audiencia , no solo en El Salvador, sino en todo el mundo con nuestra transmisión a través de la web.
Vale la pena sacrificarse tres horas, que bien me las pudiera pasar con todas mis cheros, pero no, como dice mi jefe en Diario El Mundo, a “la voz de caramelo” de Victoria, desde el viernes le están sonando las cacerolas y esperándolo con la banda regimental, jajajajaja…..solo río y después mi compañera Liseth, insiste en que le cuente una de esas “leyendas urbanas de la cabina” que ella llama, así todas llenas de morbo, ha; si supieras lo que hice el fin de semana, “cuéntame” dice, no “eso es privado señora” le respondo.
En fin la radio me ha dado la oportunidad de conocer mucha gente desde la persona más humilde, hasta el más alto funcionario, igual; mi trabajo como periodista que hago desde hace diez años me ha permitido realizarme y haber logrado un lugar de privilegio en el periodismo salvadoreño.
Agradezco a Dios y a toda mi gente que ha creído en mi en estos 15 años de hacer radio y que fue el trampolín para llegar hasta aquí, claro de una forma muy humilde y sencilla y respetando a todos los que me rodean.
Gracias a Radio Victoria, que me permitió iniciar el proyecto en 1993 y con mucho orgullo, digo que soy muy privilegiado de ser el único que ha sobrevivido de aquella primera generación de locutores y fundadores de la radio.
Empezamos de cero y hoy con mucho sacrificio, esfuerzo, perseverancia y humildad, nos hemos ganado un lugar de privilegio en nuestra audiencia, agradecer a todos nuestros radioescuchas que son muchísimos en Estados Unidos, Canadá, en Centroamérica, Suramérica, Europa y en todo el mundo.